1. Nuestra última noche. Historia de “Blanca” al superar su última noche
“Blanca” nunca imaginó que los deseos pedidos en el fin de año se desvanecerían tan rápido, como burbujas de jabón, frágiles y etéreas, desapareciendo en el aire sin dejar rastro. Confiaba en que el nuevo año traería bendiciones para ella y su familia. Pero no habían transcurrido siquiera las primeras 72 horas del 2004 cuando la desesperanza comenzó a instalarse, alimentada por los rumores que corrían entre los vecinos del corregimiento.
—La situación se va a poner difícil —murmuraban.
Desde finales de diciembre se hablaba de un posible enfrentamiento entre las guerrillas de las FARC y los grupos paramilitares por el control del territorio. Aunque no era la primera vez que se oían esos comentarios, esta vez el ambiente era distinto, más tenso.
—Constantemente escuchaba a mis vecinos decir que algo malo iba a pasar. Uno siempre guarda la esperanza de que no sea cierto, pero esta vez todo parecía inevitable —recuerda doña Blanca, llevándose las manos a la cabeza, como si reviviera cada instante de esa tragedia.
—Uno como mujer, madre y esposa se aferra a no creer que algo así pueda suceder —continúa con voz entrecortada—. Pensaba mucho en mi esposo y mis hijos, que en ese entonces tenían 12, 10 y 6 años. Más de una vez quisieron llevarse a los dos mayores para unirse a esos grupos armados, pero gracias a los valores que inculcamos en casa, nunca aceptaron. Yo solo pensaba en protegerlos, en que no nos encontraran en medio del fuego cruzado cuando llegara el temido punto de quiebre. Pensaba también en nuestra casa, nuestros animalitos, nuestras raíces.
El día que la violencia estalló en La Unión Peneya, todo cambió para siempre. El enfrentamiento entre la guerrilla, los paramilitares y el Ejército sumió al pueblo en el caos. Las calles que antes albergaban juegos, oficios y conversaciones se transformaron en corredores del miedo.
—Nadie puede imaginar lo que se siente vivir algo así. La zozobra y la angustia fueron nuestras compañeras. Me culpé por no haber aceptado oportunidades que en su momento descartamos, creyendo que aquí teníamos estabilidad. Qué difícil es desear lo que se tuvo y se dejó atrás.
Tras los combates, llegó el desalojo. Como muchas otras familias, la de Blanca se vio obligada a abandonar todo.
—No recuerdo cuándo fue la última noche de tranquilidad. Ya sabíamos que, al llegar la hora final, tendríamos que dejarlo todo: nuestras pertenencias, nuestras ilusiones, nuestras historias. La angustia me desbordaba y, con mi esposo, decidimos empacar lo poco que podíamos cargar al hombro y prepararnos para la huida.
Tomaron el monte, conscientes del peligro de usar los caminos principales.
—Era muy duro pensar que teníamos que cruzar la manigua, y más con los niños pequeños. La cabecera municipal quedaba lejos, pero no había otra opción.
Con la voz temblorosa y los ojos enrojecidos, doña Blanca suspira, tratando de contener las lágrimas.
—La sensación de pérdida era enorme. Sin embargo, también descubrimos una fuerza interior que no sabíamos que teníamos. Nos aferramos a la solidaridad, al apoyo mutuo entre vecinos. En medio del caos, nos acompañó la esperanza de un futuro mejor.
Recuerda con claridad la noche en la que huyeron.
—Caminar no era fácil, menos con la carga física y emocional que llevábamos encima, y nuestros hijos tan pequeños. Pensábamos que esa podía ser nuestra última noche.
La más pequeña, de seis años, preguntaba:
—Mamá, ¿por qué tenemos que salir? ¿Qué pasa?
Blanca la miraba con el corazón roto. No podía explicarle toda la verdad.
—Le dije que íbamos a un lugar seguro, donde podríamos estar juntos y protegidos —confiesa, como si todavía esa promesa la acompañara.
A cada paso, el bosque parecía cerrarse sobre ellos. Las sombras eran alargadas y los sonidos del monte, ensordecedores. Pero la mirada inocente de sus hijos les daba fuerza.
—Vamos, hijos, vamos —repetía Blanca, tratando de dibujar una sonrisa que escondiera el miedo.
La noche avanzaba en silencio, como si el mundo contuviera el aliento. Pero en medio de esa oscuridad, Blanca escuchaba el latido compartido de sus corazones, una sinfonía viva que le recordaba que aún estaban juntos y que, mientras hubiese vida, habría esperanza.
La travesía fue larga. El monte parecía interminable y cada paso era una despedida silenciosa de lo que habían dejado atrás. En el camino se unieron a otras familias desplazadas.
—Muchos íbamos caminando, con niños pequeños, sin saber a dónde llegaríamos. Algunos ni siquiera alcanzaron a tomar vehículos. Pero al vernos, al hablarnos, sentimos que no estábamos solos. Nos dimos ánimo unos a otros.
Finalmente, después de varias horas de caminata, llegaron a un pequeño refugio improvisado cerca del municipio de El Paujil. Allí, aunque sin comodidades, encontraron un respiro.
—No era mucho, pero al menos estábamos a salvo. Y al ver a tantas otras familias como la nuestra, entendimos que no estábamos solos. En medio de tanto dolor, surgió la fuerza colectiva para resistir y empezar de nuevo.

